JUAN MANUEL RODRÍGUEZ TOBAL. ESTO ERA*
21
Jueves
Feb 2019

Juan Manuel Rodríguez Tobal: ‘Esto era’. poesía Hiperión
El último poemario del poeta zamorano nos ofrece una poesía de
marcado carácter intimista que desoye las llamadas del mundo y se
refugia en las contradicciones inherentes al ser humano, más intensas,
si cabe, en este comienzo del siglo XXI que en otras épocas
aparentemente más convulsas.
No es Juan Manuel Rodríguez Tobal (Zamora, 1962) un autor que se prodigue demasiado. Su libro anterior, Icaria, data de 2010. Han tenido que transcurrir, pues, ocho años, para que vea la luz Esto era,
un título contundentemente ambiguo que, antes de adentrarnos en las
páginas del libro, puede asociarse con cierta sensación de desengañado
o, en el caso opuesto, con el afortunado resultado de una incesante
búsqueda, sin embargo, poco después de comenzar a leer los poemas del
libro nos damos cuenta de que, sin pretenderlo, habíamos caído en una
bipolaridad errónea. Esto era, como expone el autor en el
último poema del libro, es mucho más, es una indagación de carácter
existencial y metafísico muy poco frecuentes en la poesía actual: «Esto
era. / Tú estas / adonde ya no puedo acompañarte, / ni tú puedes ahora
caer sobre mi miedo […] / En ti no había secretos, / había ritos y
estremecimientos, / había lágrimas / que nos desposeían a los dos del
tiempo. / Y una tristeza que te daba nombre. / y una pérdida suma de las
pérdidas. / El vacío de ti frente al vacío del mundo: / dos espejos
reflejando cara a cara / una ausencia. Mi vida. // Esto es. / Esto era».
Demoledor, como resulta fácil apreciar. Si no fuera por la distancia
temporal que los separa —y dicho con todos los reparos, porque en la
poesía de Rodríguez Tobal Dios no está presente tal cual y el destino
del hombre no posee un matiz tan trágico)—, podríamos encuadrar estos
poemas bajo la influencia unamuniana o de la llamada poesía agonista de
la inmediata posguerra, principalmente de poetas como Vicente Gaos y,
sobre todo, de José Luis Hidalgo (Rodríguez Tobal ha titulado un libro
suyo Los animales, como ya hiciera en 1945 el poeta torrelaveguense).
Estamos ante una poesía de marcado
carácter intimista que desoye las llamadas del mundo y se refugia en las
contradicciones inherentes al ser humano, más intensas, si cabe, en
este comienzo del siglo XXI que en otras épocas aparentemente más
convulsas. Si atendemos a las propuestas taxonómicas al uso en lo que se
refiere a la poesía española de los últimos decenios, no resulta fácil
encasillar una poesía tan personal y tan alejada de servidumbres
estéticas como la de nuestro poeta. Por edad, pertenece a la llamada
Generación de los 80, pero incluso la proclamada diversidad de esta
época se nos antoja insuficiente para definirlo. Rodríguez Tobal posee
—como Aurora Luque, estricta contemporánea, o Juan Antonio González
Iglesias— una formación clásica. Son reconocidas sus traducciones de
autores como Safo, Anacreonte, Catulo, Oviedo o Virgilio , entre otros,
autores que han influido sin duda en su forma de concebir el poema, sin
embargo en este libro, en Esto era, las posible influencias,
presumo que van por otros derroteros. No hay reinterpretación mítica ni
visualización filosófica, por lo que resulta mucho más complejo
reconocer dichas influencias, que en los poetas mencionados.
El libro está dividido en dos
partes, «Las piedras» y «Esto era». En la primera, la piedra, asociada
con el origen del ser, con lo intemporal, muestra el conflicto interior
del poeta, un conflicto que desemboca en inevitables contradicciones
(sin ellas, me temo, no hay poesía), manifiestas ya en el primer poema,
como queda patente en estos versos: «Aprendimos las piedras. / Aquella
infinitud / cabía en unas manos. // Amábamos las cosas pasajeras / con
la alegría torpe de las bestias pequeñas». Lo infinito parece estar
enfrentado a lo pasajero, pero la función del poema es desubicar los
lugares comunes, relacionar opuestos.
La piedra parece ser, además, capaz de
transmutarse en algo vivo y entonces adquiere la turgencia de un labio,
la frescura de la evidencia y se hace una con quien es testigo de dicha
transformación: «Olía a cuerpo nuestro aquella voz, / aquella piedra
mínima que abría / un lugar para el frío entre nosotros». Escuchamos
ecos de Juan Ramón Jiménez por aquí y por allí, en la transparencia, en
las noches turbias que se suceden también en Piedra y cielo:
«Por la noches buscábamos sus lágrimas / para guardar nuestra alegría en
ellas», escribe Rodríguez Tobal. La vinculación con los poemas más
panteísta del ya mencionado Hidalgo —por ejemplo, el del poema «Dios en
la piedra»— tampoco me parece un dislate, como tampoco lo es la
dialéctica que se establece entre el yo y el mundo natural
La segunda parte del libro, mucho más
extensa que la precedente, mantiene una relación estrecha con ella, pero
la piedra originaria, la piedra hecha de silencio se corporiza, se hace
—ya se insinuó anteriormente— una con el ser: «He llegado a mi sombra
sin saberlo, / he tocado la piedra que conforma mi cuerpo / en el lugar
más bajo del alma y del espacio. /Me esperaba este frío desde siempre.
// Raíz de quién, de cuándo, / de qué muerte» (las evidentes relaciones
con la poesía de Hidalgo no pueden ser casuales: Raíz y Los muertos,
dos de sus títulos, parecen tutelar solapadamente muchos de los versos
de Rodríguez Tobal. La narratividad contenida, el despojamiento verbal
resultan apropiadas fórmulas para una poesía que se adentra en una
indagación identitaria que se remonta a la infancia («Viene con mi
sonrisa a recordarme / que la felicidad / no fue temperatura de nuestra
vida nunca, / y que siempre ha sabido reír nuestra tristeza») y alcanza
la madurez actual, una indagación que adquiere tonos oníricos, casi
fantasmales, en ciertas ocasiones («Veo pasar mi cuerpo y a su paso /
crece la luz. / Sé que la luz es hoy un principio de muerte / y que no
siempre crece lo que salva»). Este flirteo con los límites de la
realidad no precisa, como se ve, de un lenguaje abstracto, por el
contrario —y esta es una de las muchas virtudes de esta poesía—, es un
lenguaje perfectamente inteligible que sabe sacar partido a las
aliteraciones, a los encabalgamientos, a las paranomasias, etc. Estamos,
en definitiva, frente a una poesía de carácter simbólico que yuxtapone
experiencias, que desordena recuerdos y que no precisa de un contexto
reconocible para, a la vez que analiza al autor mediante una especie de
diálogo consigo mismo, emocionar al lector, atraparle en una red de
significados que hacen del mirar y del ser mirado una lección de vida,
porque, como escribe Rodríguez Tobal, «Hay estados que nacen en la
mirada».
También en: https://carlosalcorta.wordpress.com/2019/02/21/juan-manuel-rodriguez-tobal-esto-era/
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